miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA ESPERANZA TIENE NOMBRE EL MILAGRO DE LA VIDA. Experiencia personal

 ¡ÁNIMO, TEN FE, DEJA QUE DIOS ACTÚE!
Introducción 
 La confianza en Dios, dueño de la vida, que nos invita a vivir con fe, esperanza y abandono en sus manos, incluso en medio del dolor y de las situaciones humanamente imposibles.

Textos bíblicos principales:
Romanos 8,28: 
«Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman».
Génesis 15,1:
«No temas, Abrán. Yo soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande».
Salmo 37,5:
«Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él actuará».
Marcos 5,21-43: 
Jesús sana a una mujer y resucita a la hija de Jairo.

1. INTRODUCCIÓN:
 SEÑOR, TE CONFÍO MI VIDA
Señor, hoy quiero poner en tus manos mis proyectos, mis ilusiones, mis trabajos y todo aquello que ya he realizado.
Te entrego también mis equivocaciones, mis contradicciones, mis errores y todas aquellas situaciones que no he sabido resolver.
Sé que tú, mi Dios, tienes el poder de corregir mis errores, de transformar las situaciones confusas y dolorosas de mi vida y de conducirlas hacia un fin bueno.
Por eso, hoy quiero recordar esta palabra que tantas veces ha sostenido mi vida:
«Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Romanos 8,28).
¡Qué consolador es saber que Dios puede sacar un bien incluso de aquello que nosotros no comprendemos!
A veces nos fatigamos, luchamos, trabajamos y sentimos que nuestros esfuerzos no han dado fruto. Podemos llegar a pensar que hemos gastado nuestras fuerzas en vano.
Pero el profeta Isaías nos recuerda:
«En vano me he fatigado, inútilmente he gastado mis fuerzas. En realidad, mi derecho lo defendía el Señor, mi salario lo tenía mi Dios» (Isaías 49,4).
¡Qué importante es aprender a descansar en esta certeza!
Aunque yo no vea los resultados, Dios sigue trabajando.
Aunque yo no comprenda lo que sucede, Dios no deja de acompañarme.
Aunque mis fuerzas se agoten, las manos de Dios siguen sosteniendo mi vida.
Y entonces escucho nuevamente su voz:
«No temas, yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande» (Génesis 15,1).
Y también:
«Encomienda al Señor tu camino, confía en él, que él actuará» (Salmo 37,5).
¡Deja que Dios actúe!
Esta es la invitación que hoy quiero compartir con ustedes.
No se trata de cruzarnos de brazos, sino de hacer lo que nos corresponde y, después, aprender a confiar en que Dios puede obrar allí donde nosotros ya no podemos llegar.
1. DIOS ES EL DUEÑO DE LA VIDA Y QUIERE QUE VIVAMOS PLENAMENTE
Estas palabras me han acompañado durante mucho tiempo:
«Deja que Dios actúe».
¡Qué palabras tan consoladoras!
Señor, tú eres el dueño de la vida. Tú conoces nuestros deseos más profundos y quieres que descubramos la vida abundante que nos ofreces.
Jesús nos dice:
«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10,10).
Dios no quiere que vivamos encerrados en el miedo, la desesperanza o la tristeza.
Él nos invita a descubrir una vida plena, una vida que no depende únicamente de las circunstancias exteriores, sino de nuestra relación con Él.
Muchas veces hemos probado solamente un poquito de esa vida abundante porque todavía nos cuesta dejar que Dios actúe en nosotros.
Queremos controlarlo todo.
Queremos comprenderlo todo.
Queremos tener respuestas inmediatas.
Sin embargo, Dios nos invita a confiar, a abrirle nuestro corazón y a permitir que su amor transforme nuestra manera de vivir.
La experiencia de nuestro fundadorJaime Bonet
cuando tenía catorce años, hizo esta oración:
«Si existes, hazme feliz».
Y experimentó un gozo que nunca había imaginado.
Él ya conocía la felicidad, pero descubrió otra calidad de felicidad: una alegría más profunda, nacida del encuentro con Dios.
Esta experiencia nos recuerda que la verdadera felicidad no consiste solamente en que todo nos salga bien.
La felicidad profunda nace de sabernos amados por Dios, de descubrir su presencia y de confiar en Él.
¿Quién podrá impedirnos vivir esta vida plena?
¿Quién podrá separarnos del amor de Dios?
San Pablo nos responde:
«¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? [...] En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado» (Romanos 8,35-37).
Nada de lo que vivimos puede destruir el amor de Dios por nosotros.
Las enfermedades, los sufrimientos, las dificultades y las pruebas pueden hacernos sufrir profundamente, pero no significan que Dios haya dejado de amarnos.
Nuestra esperanza no consiste en que nunca sufriremos, sino en que, aun en medio del sufrimiento, Dios permanece con nosotros.
Y si le pedimos a Dios la vida, nos acercamos a Él con la confianza de hijos que saben que su Padre escucha sus súplicas.
Esta fue también una experiencia muy profunda de nuestro fundador.
Estando en el hospital, escuchó la voz de Dios a través de las palabras del salmo:
«Voy a anunciar el decreto del Señor: Él me ha dicho: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra”» (Salmo 2,7-8).
Cuando lo encontraron llorando, expresó su deseo de celebrar una misa.
Algunos pensaron que quería hacerlo porque su vida estaba llegando a su fin. Pero su deseo era celebrar una acción de gracias por la vida que Dios le estaba dando.
¡Qué experiencia tan profunda de confianza!
Incluso en medio de la enfermedad, su corazón se llenó de gratitud.
2. CUANDO TODO PARECE IMPOSIBLE, JESÚS NOS DICE: «NO TEMAS, SOLAMENTE TEN FE»
Quiero compartir ahora una experiencia muy personal.
En un momento de mi vida, la gravedad de mi hermana María Ofelia me llevó a ponerme de una manera especial en las manos de Dios.
Yo sabía que humanamente había situaciones que no podía resolver.
Por eso, desde lo más profundo de mi corazón, le decía:
«Señor, tú eres el dueño de la vida. Tú puedes hacer un milagro. Te confío la vida de mi hermana».
Y, en medio de esta situación, el Señor volvió a recordarme aquellas palabras:
«Deja que yo actúe».
Fue precisamente esta frase la que encontré sobre la mesa del escritorio de mi habitación, en la Casa de Espiritualidad de Siete Aguas este verano 2026 cuando inicié mis ejercicios espirituales el primero de julio.
El seis de julio tuve que marcharme a Colombia debido a la gravedad de mi hermana.
Y, una vez más, sentí que el Señor me decía:
«Confía en mí. Ten ánimo».
¡Qué importante es reconocer la voz de Dios en los momentos de mayor dificultad!
A veces, cuando todo parece derrumbarse, necesitamos volver a escuchar esa voz que nos sostiene y nos recuerda que no estamos solos.
Y fue entonces cuando me acerqué a la Palabra de Dios y encontré una historia que iluminó profundamente mi experiencia: la historia de Jairo.
 3. APRENDAMOS DE JAIRO A ACERCARNOS A JESÚS CON FE, HUMILDAD Y CONFIANZ.
 Marcos 5,21-43.
Jesús vuelve a la otra orilla del mar y se reúne junto a Él una gran multitud.
En medio de aquella gente aparece Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.
Su hija está gravemente enferma, a punto de morir.
Jairo se acerca a Jesús y le suplica que vaya a su casa para imponer las manos sobre ella, a fin de que se salve y viva.
En esta historia descubrimos varias actitudes  que también nosotros estamos llamados a vivir.
A.  LA FE
Marcos 5,21 nos presenta a Jesús en la otra orilla.
Al contemplar esta escena, yo le digo al Señor:
«Maestro, ¡cuánto te agradezco que permanezcas en la otra orilla del mar! Sé que estás presente, que estás vivo y que, aunque no pueda verte físicamente, puedo encontrarte por medio de la fe».
La fe nos permite reconocer que Jesús está presente incluso cuando nuestros ojos no pueden descubrirlo.
Por eso, hoy quiero pedirle:
«Maestro, regálame una fe viva. Aunque sea pequeña como un granito de mostaza, ayúdame a confiar en ti».
La fe no significa que nunca tengamos miedo o preguntas.
La fe significa que, aun cuando tenemos miedo y no comprendemos lo que sucede, seguimos buscando a Jesús.
Señor, enséñame a encontrarte en la otra orilla, allí donde solamente puedo llegar por medio de la fe.
B.  LA HUMILDAD
Marcos 5,22 nos dice que Jairo, al ver a Jesús, cayó a sus pies.
¡Qué hermosa actitud!
Jairo reconoce que necesita ayuda.
Reconoce que no puede salvar a su hija por sus propias fuerzas.
Se postra ante Jesús y pone en sus manos aquello que más ama.
También nosotros necesitamos aprender a reconocer nuestra fragilidad.
Podemos tener conocimientos, recursos, capacidades y muchas posibilidades, pero hay situaciones en las que descubrimos que no podemos resolverlo todo.
Santa Teresa de Jesús nos recuerda que la humildad consiste en andar en verdad.
Y andar en verdad significa reconocer quiénes somos delante de Dios: personas necesitadas de su amor, de su misericordia y de su gracia.
Por eso, hoy le digo:
«Maestro, dame humildad. Ayúdame a reconocer que tú eres el Señor de la vida y que necesito de ti».
Arrodillarnos ante Jesús es reconocer que nuestra vida está en sus manos.
C.  SÚPLICA INSISTENTE
Marcos 5,23
 súplica de Jairo:
«Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva».
Jairo no se queda indiferente.
No oculta su dolor.
No tiene miedo de expresar su necesidad.
Le suplica a Jesús desde lo más profundo de su corazón.
Esta actitud me recuerda mi propia oración por mi hermana María Ofelia.
Yo también le decía:
«Maestro, te lo suplico, devuélvele la vida a mi hermana.
 Tú lo puedes todo. Ven, impón tus manos sobre ella para que se salve y viva».
La oración de súplica es la oración de quien reconoce que necesita a Dios.
Es la oración del corazón que ama, que sufre y que se atreve a esperar.
Hoy podemos preguntarnos:
¿Me atrevo a presentar ante Jesús aquello que más me preocupa?
¿Le hablo con confianza de mis sufrimientos y de las necesidades de las personas que amo?
¿Persevero en la oración, incluso cuando todavía no veo una respuesta?
Señor, enséñame a suplicarte con fe, con humildad y con perseverancia.
D. DISPONIBILIDAD Y CONFIANZA
Marcos 5,24 
«Y se fue con él».
Jesús se pone en camino con Jairo.
¡Qué hermoso descubrir el corazón compasivo de Jesús!
Jairo le ha presentado su necesidad y Jesús lo acompaña.
Esta escena me ayuda a comprender que, cuando nos acercamos a Jesús, podemos confiarle nuestra vida y caminar con Él.
Después de hacer nuestra súplica, llega el momento de aprender a esperar.
Y esperar no significa que Dios nos haya olvidado.
Esperar significa permanecer en sus manos, incluso cuando todavía no conocemos el desenlace.
Señor, después de haberte presentado mis necesidades, ayúdame a caminar contigo.
Dame un corazón disponible para escuchar tu Palabra y una confianza capaz de sostenerme durante la espera.
5. ESPERANZA 
 CUANDO ESCUCHAMOS PALABRAS DE MUERTE, JESÚS NOS INVITA A NO PERDER LA ESPERANZA
Marcos 5,35 nos cuenta que, mientras Jesús todavía estaba hablando, llegaron algunas personas de la casa de Jairo y le dijeron:
«Tu hija ha muerto. ¿Por qué molestas ya al Maestro?».
¡Qué momento tan doloroso!
Jairo había acudido a Jesús con esperanza.
Pero ahora recibe una noticia que parece cerrar todas las posibilidades.
Humanamente, todo parece terminado.
También nosotros podemos experimentar momentos semejantes.
Recibimos noticias que nos llenan de angustia.
Nos encontramos ante situaciones que parecen no tener salida.
Escuchamos palabras que debilitan nuestra esperanza.
Y es precisamente en esos momentos cuando necesitamos recordar que Jesús no es indiferente a nuestro dolor.
Él conoce nuestras lágrimas.
Él comprende nuestros sufrimientos.
Él se acerca a nosotros con amor y compasión.
En el Evangelio vemos que Jesús también había realizado otro milagro durante el camino: había curado a una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias.
Aquella mujer vivía una situación de sufrimiento y marginación. Sin embargo, se acercó a Jesús con fe y confianza, creyendo que bastaría tocar su manto para quedar curada.
Y Jesús la sanó.
Jairo había sido testigo de aquella curación.
Yo también puedo mirar hacia atrás y reconocer las obras de Dios en mi propia familia, especialmente en la experiencia de Joaquito mi hermano, a quien el Señor le  devolvió la vida en un infarto .
Estos recuerdos me ayudan a confiar y a presentar nuevamente ante Jesús la vida de mi hermana.
Pero entonces resuena la palabra que constituye el corazón de esta predicación.
Marcos 5,36 nos dice:
«Jesús, que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: 
“No temas; solamente ten fe”».
¡Qué palabras tan consoladoras!
Jesús no le dice a Jairo que no esté sufriendo.
No le pide que niegue la gravedad de lo que está sucediendo.
Le invita a no dejar que el miedo tenga la última palabra.
Y hoy siento que estas mismas palabras resuenan en mi corazón:
«Ánimo, ten fe. Confía en mí».
Señor, aunque humanamente pueda perder la esperanza, quiero aprender a permanecer en tus manos.
Aunque no comprenda tus caminos, quiero seguir caminando contigo.
Aunque tenga miedo, quiero recordar que tú estás presente.
6.JESÚS ENTRA EN NUESTRAS CASAS Y NOS INVITA A ABRIRLE EL CORAZÓN
Marcos 5,38 nos cuenta que Jesús llega a la casa de Jairo y encuentra un gran alboroto: personas que lloran y gritan.
Es un ambiente de dolor y desesperanza.
Entonces Jesús les dice:
«¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida» (Marcos 5,39).
Algunos se burlan de Él.
Pero Jesús hace salir a la gente y entra donde está la niña, acompañado del padre, de la madre y de quienes estaban con Él.
¡Qué escena tan profunda!
Jesús no se deja detener por las burlas.
No se deja dominar por el ambiente de desesperanza.
Entra allí donde se encuentra la niña.
Esta escena me lleva a contemplar mi propia experiencia.
Hoy imagino a Jesús entrando también en la UCI donde se encuentra mi hermana María Ofelia.
Allí están los médicos, las enfermeras y uno de sus hijos.
Y yo, desde mi fe, le digo:
«Maestro, entra también en esta habitación. Entra en este lugar de sufrimiento. Acompaña a mi hermana y a todos los que están a su lado».
¡Qué importante es invitar a Jesús a entrar en nuestras situaciones concretas!
A veces, nuestras casas están llenas de preocupaciones.
Nuestros corazones están llenos de preguntas.
Nuestras familias atraviesan momentos de sufrimiento.
Pero Jesús quiere estar presente en medio de todo ello.
No es un Dios indiferente.
Es el Señor que se acerca, que escucha, que acompaña y que nos invita a confiar.
7.  «TALITÁ KUM»: JESÚS NOS INVITA A LEVANTARNOS
Llegamos al momento culminante del Evangelio.
Marcos 5,41 nos dice que Jesús tomó a la niña de la mano y le dijo:
«Talitá kum», que significa:
«Muchacha, a ti te digo, levántate».
Y la niña se levantó y echó a andar.
¡Qué poder tienen las palabras de Jesús!
Él es el Señor de la vida.
Él tiene autoridad sobre aquello que nosotros no podemos dominar.
Ante este pasaje, mi corazón se llena de fe y de esperanza.
Y desde lo más profundo de mi ser, escuchó la voz de Jesús  
«¡María Ofelia, a ti te digo: levántate!».
Maestro, tú conoces mi súplica.
Tú conoces el amor que siento por mi hermana.
Tú sabes cuánto deseo verla sana y salva.
Te presento nuevamente su vida y la pongo en tus manos.
Y en medio de esta oración, experimento una profunda paz.
No porque tenga todas las respuestas.
No porque pueda controlar lo que sucede.
Sino porque puedo confiar en ti.
Señor, tú eres el dueño de la vida. Ayúdame a confiar en tu amor y a permanecer en tus manos.
8.  LA CONFIANZA EN DIOS NOS LLENA DE PAZ Y GRATITUD
Después de vivir esta experiencia, comencé a entonar cantos y salmos que se convirtieron para mí en gotas de esperanza.
Uno de ellos fue el Salmo 34.
Su comienzo expresa una actitud que quiero hacer mía:
«Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mi boca» (Salmo 34,2).
¡Qué hermoso es aprender a alabar a Dios en todo tiempo!
Alabarlo cuando las cosas salen como esperamos.
Alabarlo cuando tenemos que esperar.
Alabarlo cuando no comprendemos lo que sucede.
Alabarlo porque su amor permanece con nosotros.
La gratitud no significa que ignoremos el dolor.
Significa que, aun en medio del dolor, podemos reconocer los dones de Dios y su presencia en nuestra vida.
Hoy quiero darle gracias por todas sus acciones, por las personas que ha puesto en mi camino, por las experiencias que han fortalecido mi fe y por el don precioso de la vida.
Quiero darle gracias porque, en los momentos de mayor dificultad, su Palabra ha sido para mí consuelo y esperanza.
Y quiero seguir aprendiendo a vivir con un corazón confiado, que no deja de buscarlo.
 ¿QUÉ SIGNIFICA HOY DEJAR QUE DIOS ACTÚE?
 Después de contemplar esta Palabra, podemos preguntarnos:
¿Qué significa para nosotros dejar que Dios actúe?
1. Significa entregarle nuestros proyectos.
Hacer lo que nos corresponde, trabajar con responsabilidad y poner nuestros planes en sus manos.
2. Significa confiarle nuestros errores.
Reconocer nuestras equivocaciones y permitir que Dios nos ayude a aprender, corregir y comenzar de nuevo.
3. Significa presentarle nuestras preocupaciones.
No esconder nuestro dolor, sino acudir a Él con un corazón sincero.
4. Significa perseverar en la oración.
Seguir buscando a Dios, incluso cuando la respuesta no llega en el momento que esperamos.
5. Significa aprender a esperar.
Comprender que no siempre podemos controlar las circunstancias y que necesitamos vivir cada momento sostenidos por la fe.
6. Significa descubrir su presencia en medio del sufrimiento.
Dios no nos promete una vida sin dificultades, pero nos invita a caminar con Él y a confiar en su amor.
7. Significa vivir agradecidos.
Reconocer los dones recibidos y aprender a bendecir al Señor en todo tiempo.
Y, sobre todo, significa recordar estas palabras de Jesús:
«No temas; solamente ten fe» (Marcos 5,36).
10. CONCLUSIÓN: ¡ÁNIMO, TEN FE, DEJA QUE DIOS ACTÚE!
Hoy quiero terminar esta predicación recordando las palabras que han acompañado mi vida:
«Señor, te confío mis proyectos».
«Señor, te entrego mis errores».
«Señor, te confío a las personas que amo».
«Señor, tú eres el dueño de la vida».
«Señor, enséñame a esperar».
Y, especialmente:
«¡Ánimo, ten fe, deja que Dios actúe!».
Esta es una invitación a confiar en Dios, no porque siempre comprendamos lo que sucede, sino porque creemos en su amor.
Es una invitación a seguir caminando con Jesús, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
Es una invitación a descubrir que la vida abundante que Él nos ofrece comienza cuando abrimos nuestro corazón a su presencia.
Hoy quiero poner nuevamente en sus manos la vida de mi hermana María Ofelia.
Y quiero poner también en sus manos nuestras familias, nuestros proyectos, nuestras enfermedades, nuestros sufrimientos y todas aquellas situaciones que humanamente nos parecen imposibles.
Que podamos escuchar en nuestro corazón aquellas palabras dirigidas a Jairo:
«No temas; solamente ten fe».
Que podamos aprender de Jairo a acercarnos a Jesús con humildad.
Que podamos perseverar en la oración.
Que podamos confiar durante la espera.
Y que, en medio de nuestras dificultades, nunca olvidemos que somos profundamente amados por Dios.
Porque nada ni nadie podrá separarnos de ese amor.
Termino con esta oración:
11. ORACIÓN FINAL
Señor Jesús, Maestro y Señor de la vida:
Hoy vengo ante ti con un corazón agradecido.
Te entrego mis proyectos, mis preocupaciones, mis errores y todas aquellas situaciones que no puedo resolver por mis propias fuerzas.
Te confío a mi hermana María Ofelia.
Tú conoces su vida, su sufrimiento y las necesidades de nuestra familia.
Te suplico que la acompañes, que la sostengas y que concedas a quienes la atienden sabiduría y fortaleza.
Señor, aumenta mi fe.
Enséñame a confiar cuando tenga miedo.
Enséñame a esperar cuando no comprenda.
Enséñame a descubrir tu presencia en medio de las dificultades.
No permitas que la desesperanza apague la luz de tu amor en mi corazón.
Que pueda escuchar siempre tu voz diciéndome:
«Ánimo, ten fe».
Y que aprenda a responderte con confianza:
«Señor, me pongo en tus manos. Confío en ti. Deja que tú actúes en mi vida».
Gracias, Señor, por el don de la vida.
Gracias por tu amor.
Gracias porque nunca nos abandonas.
Gracias porque, incluso en medio de las pruebas, podemos acudir a ti y encontrar consuelo.
Que nuestra vida sea una alabanza constante a tu nombre.
¡Ánimo, ten fe, deja que Dios actúe!
Y Dios hizo el milagro en mi hermana un cáncer en el colon ,dos meses en  el hospital,y 6 cirugías .
Para Dios no hay nada imposible